Kuala Lumpur – Schmelztiegel der Kulturen

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Texto en español🇦🇷
Wir sind ein bisschen angeschlagen. Morgens vor fünf schon aufgewacht, kommen wir nur langsam in Gang. Also online Zeitungen lesen, Kaffee kochen, aufstehen.

Es ist wieder so entsetzlich schwül und deshalb klar, dass wir nicht zu Fuß, sondern mit der Metro zum Central Market fahren. Der blaue chip, den man dafür braucht, kostet knapp 50 Cent (der Preis richtet sich nach der Entfernung), wird am Eingang eingelesen und am Ausgang in einem Schlitz zum check-out versenkt. Einfaches System, das prima klappt. Die Chips gibt es an einem Schalter oder im Automaten. Das ist insoweit einfacher als in Russland oder China, als hier alles in lateinischer Schrift in Malaiisch und Englisch ausgeschildert ist und jeder zumindest etwas Englisch spricht.

Die Metro ist so stark klimatisiert, dass man um seine Gesundheit fürchten muss. Zumal es draußen wieder heiß und schwül ist. Zum Glück fahren wir nur fünf Stationen weit.

Der Besuch in der Markthalle und im Basar nebenan ist wie ein Kurzausflug nach Indien. Händler, Waren, Geruch – alles indisch und entsprechend bunt. Wie immer kaufen wir nichts, sondern beobachten einfach, was sich hier abspielt. Und atmen Atmosphäre und Gerüche ein. An einer Ecke wird Letzteres unangenehm. Da werden Durianfrüchte aufgeschnitten. Die sollen ja gut schmecken, aber trotz so vieler Asienreisen haben wir sie noch immer nicht probiert: der Gestank ist einfach penetrant …

Das nächste Ziel liegt im die Ecke: Chinatown. Hier sind die Händler richtig aggressive Verkäufer. Sie können kaum fassen, dass uns die Guccis und Puccis und Dolces und Chanels kalt lassen. Fakts, so weit das Auge reicht! Auch Düfte gibt es à la chinoise: J‘adore hat nie Dior gesehen, sieht aber so aus. Riecht hingegen ganz anders…

Leider finde ich kein Mahjong Spiel. Das wird nun wohl auch nicht mehr klappen…
Um uns etwas abzukühlen, landen wir in einem Backpacker Café am Rand von Chinatown. Fast in jedem Haus gibt es ein Hostel oder Dorm – hier wird fix Party gemacht. Um uns herum lachen viele junge Australier, Neuseeländer, ein paar Europäer.

Wir teilen uns ein Baguette mit Huhnsatay in Erdnusssauce. Das Baguette ist pechschwarz. Sieht merkwürdig aus, schmeckt aber fast wie Brot.

Für heute sind wir nicht mehr aufnahmefähig, werfen nur noch einen Blick in die Runde und fahren dann mit der Metro zurück in die Wohnung.

Juan kümmert sich um die Fotos, ich gucke auf dem iphone nebenan die heute show von gestern. Funktioniert ja alles wieder ohne vpn. Welke & Co, auch Robert Habeck bringen mich zum Lachen. Bald ist es Zeit für eine happy hour…

 

Estamos un poco dormidos o sin ganas hoy. Nos despertamos a las cinco de la mañana, tardamos en ponernos en marcha. Así que leemos los diarios online, hacemos café y tardamos en levantarnos.

De nuevo es tan terriblemente húmedo y por lo tanto, claro que no vamos a pie sino con el Metro al Mercado Central. La ficha azul, necesaria para ello, cuesta casi 50 céntimos (el precio depende de la distancia), una máquina la lee en la entrada y a la salida se deja en la ranura de la misma máquina. Las fichas están disponibles en una máquina expendedora. Aquí es más fácil que en Rusia o China, porque todo está explicado y señalizado en malayo e inglés y todo el mundo habla al menos un poco de inglés.

El metro está tan climatizado que uno debe temer por su salud. Especialmente porque hace calor y humedad afuera otra vez. Por suerte sólo son cinco estaciones.

La visita al mercado y al bazar de al lado es como un viaje corto a la India. Comerciantes, mercancías, olores – todos indios y correspondientemente coloridos. Como siempre, no compramos nada, sino que simplemente observamos lo que sucede aquí. Y respiramos la atmósfera y los olores. En una esquina, este último se vuelve desagradable. Están cortando fruta durián. Se supone que saben bien, pero a pesar de tantos viajes a Asia todavía no la hemos probado: el olor es simplemente penetrante….

El próximo objetivo está en la esquina, Chinatown. Aquí los comerciantes son vendedores muy agresivos. Ellos no pueden creer que los Gucci y Puccis y Dolces y Chanels no nos interesan. Todo falso por supuesto. También hay fragancias a la chinaise: J’adore nunca ha visto a Dior, pero se parece a uno. Huele completamente diferente…

Me temo que aquí tampoco voy a encontrar el juego de Mahjon, que estoy buscando.
Para refrescarnos un poco, terminamos en un café de mochileros en las afueras de Chinatown. En casi todas las casas en está zona, hay un hostel, por eso hay muchos turistas jóvenes en cafés y divirtiéndose. Alrededor de nosotros muchos jóvenes australianos, neozelandeses, algunos europeos se ríen.

Compartiremos una baguette de pollo satay en salsa de maní. La baguette es de masa negra como la boca del lobo. Se ve raro, pero casi sabe a pan.

Por hoy ya fue suficiente, echamos un vistazo los últimos metros y nos tomamos el el metro de vuelta al apartamento.

Juan se encarga de las fotos, yo veo un programa de tv de Alemania en el iphone y me río un poco.

 

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