Transsib 2018 – Über die Kontinentalgrenze nach Novosibirsk

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22 Stunden und gute 1600 Kilometer im Zug liegen vor uns: die Strecke von Jekaterinburg nach Novosibirsk, von Europa nach Asien. 
 
Wir steigen schon eine halbe Stunde vor Abfahrt um 21:41 ein und machen es uns in unserem Abteil gemütlich. Dieser Zug Nr. 56 ist wieder ganz anders als die anderen. Älter, etwas trutschig mit roten Vorhängen, und unser Schaffner ist eine Sie: Kristina. Kaum haben wir unseren Krempel verstaut, ist sie auch schon wieder da, guckt sich mit Interesse ein zweites Mal unsere Pässe an, überprüft, ob wir in Abteil 15/16 („twenty-five, twenty-six“ – macht nix, ich irre mich auch oft bei russischen Zahlen) richtig sind. Sind wir. 
 

Wenig später will sie wissen, ob wir jetzt ein Dinner oder lieber morgen mittag einen Lunch haben wollen. Wir entscheiden uns für Letzteres und gehen kurz nach Abfahrt des Zuges in den Speisewagen. Der Übergang von Wagen zu Wagen erinnert an die gute Zeit der Eisenbahnen: schwere Türen, natürlich nicht automatisch, sich über der sichtbaren Erde verschiebende Platten auf dem Boden. Das erste Mal ein bisschen merkwürdig, aber dann auch egal.

Im ресторан, dem Speisewagen, lauern schon vier trunkene Russen, die sofort von einer kleinen, kompakten Köchin zusammengestaucht werden, damit sie ruhiger werden. Sie gehorchen sofort. Uns bedient ein putziger, kleiner Mann, der – wie alle anderen – kein Wort Englisch spricht. Wir kriegen trotzdem Sandwiches, ein Wasser für Juan (noch nicht wieder ganz gesund), ein Bier für mich. So zuckeln wir über die Kontinentalgrenze.

In Asien und zurück im Abteil machen wir bald das Licht aus, wachen zwar immer mal wieder auf, schlafen aber im Prinzip ganz gut. Morgens wartet mit dem ersten Licht die Weite Russlands auf uns. Flaches Land, viele, viele Birken, vereinzelt Häuser, Dörfchen, Städte. Unseren Kaffee bringt, ungekämmt und ohne Make-up, für 300 Rubel Kristina. Wir frühstücken Mitgebrachtes: Brot, Butter, Salami, Schmierkäse.

Und dann gucken wir stundenlang aus dem Fenster, in Bücher, manchmal, wenn wir uns irgendeiner Stadt nähern, via Modem ins Internet. Inzwischen hat an irgendeiner Station die Schicht gewechselt  Unsere neue Schaffnerin ist fröhlich und resolut, ständig mit Putzlappen oder Staubsauger unterwegs. Dabei spielt es keine Rolle, ob jemand im Abteil ist oder nicht: Es wird geputzt und gesaugt.

Am frühen Nachmittag, kurz nach Omsk, lunchen wir im Speisewagen. Es gibt als Vorspeise kalten Aufschnitt, als Hauptgericht eine Art russische Weisswurst mit Gemüse. Die Alternative, Boeuf Stroganoff, können wir nicht mehr sehen. Das Bier dazu kommt aus Russland und ist gut. Wieder im Abteil bringt die Neue Kaffee – für 200 Rubel. Die Preisgestaltung ist eher individuell, würde ich mal sagen.

Das weite Land rollt endlos an uns vorbei, wir überqueren zwei weitere Zeitzonen. Moore, tolles Spiel der Wolken, mal ein bisschen Sonne, grosse landwirtschaftliche Betriebe, dann wieder scheinbar unberührtes Land. Erstaunlicherweise langweilen wir uns nicht ein Sekunde, sondern sind vom gleichmässigen Geratter unseres Zuges gemütlich eingelullt. Kurz vor Novosibirsk, da beträgt der Zeitunterschied zu Moskau dann plus 5 Stunden, werden wir unsere Klamotten zusammenwerfen. Ein weiteres „Marins Park Hotel“ ist reserviert.

 
Das zu finden ist kein Problem: Genau gegenüber vom Bahnhof. Das Haus hat einen Stern mehr als das Schwesterhotek in Jekaterinburg. Warum? Das bleibt verborgen. Uns ist nach der langen Zugfahrt ein bisschen schwindelig, genauso, als käme man von See. 
 
Unser Zimmer ist im 18. Stock, unser Dinner parterre im Beerman Grill, obwohl die Oktoberfest mit bayrischem Bier und Schmankerln feiern. Schon aus Bockigkeit bestellen wir Pizza, Ribs und russisches Bier. 
 
Im Fernsehen gibt es noch kurz Champions League. Manchester United gegen Valencia. Sollen die doch ballern…
 

Nos esperan 22 horas y unos 1600 kilómetros en tren: la ruta de Ekaterimburgo a Novosibirsk, de Europa a Asia.

Llegamos media hora antes de la salida a las 21:41 y nos ponemos cómodos en nuestro compartimento. Este tren no. 56 es de nuevo muy diferente de los otros. Más viejo y no tan lujoso, con cortinas rojas, y nuestra conductora es una tal Kristina. Tan pronto como hemos guardado nuestras cosas, ella viene a nuestro compartimento, mira nuestros pasaportes por segunda vez con interés, comprueba si estamos en el compartimiento 15/16 („veinticinco, veintiséis“ en su inglés, – no importa, yo también me equivoco a menudo con los números rusos).

Un poco más tarde quiere saber si queremos una cena ahora o si preferimos almorzar mañana al mediodía. Nos decidimos por esto último y nos vamos poco después de la salida del tren al vagón restaurante. El paso de vagón a vagón recuerda los antiguos tiempos del ferrocarril: puertas pesadas, por supuesto no automáticas, placas que se desplazan sobre el suelo por encima de la tierra visible. La primera vez un poco raro, pero luego no importa uno se acostumbra.

En ресторан, el vagón restaurante, hay cuatro rusos borrachos haciendo ruido y son inmediatamente retados por una pequeña y compacta cocinera, para hacerlos más silenciosos. Obedecen inmediatamente. Nos atiende un hombrecito muy guapo que, como todo el mundo, no habla ni una palabra de inglés. Pedimos unos sándwiches, agua para Juan (no está muy bien todavía), una cerveza para mí. Así pasamos la frontera continental.

En Asia y de vuelta en el compartimento, enseguida apagamos las luces, nos despertamos de vez en cuando, pero en principio dormimos bastante bien. Por la mañana nos espera la inmensidad de Rusia con la primera luz. Campo llano, muchos, muchos abedules, casas aisladas, pueblos, ciudades. Nuestro café los trae, despeinada y sin maquillaje, por 300 rublos Kristina. Desayunamos con nuestro pan, manteca, salame y queso, que trajimos a bordo.

Y luego miramos por la ventana durante horas, leemos de a ratos, cuando nos acercamos a cualquier ciudad, a través de un módem portátil que tenemos podemos ir a Internet. Nuestro nuevo guarda es alegre y decidido, constantemente en movimiento con trapos de limpieza o aspiradoras. No importa si hay alguien en el compartimento o no: se limpia y se aspira.

Por la tarde, poco después de Omsk, almorzamos en el vagón restaurante. La entrada son unas rodajas de salame con rodajas de pepino, todo frío, el plato principal es una especie de salchicha blanca rusa con verduras. La alternativa, Boeuf Stroganoff, ya no podemos ver más. La cerveza viene de Rusia y es buena. De vuelta en el compartimento nos trae el guarda un café por 200 rublos. El precio es bastante individual, diría yo, cada guarda o encargado, tiene su precio.

El ancho país pasa sin parar por delante de nuestros ojos, cruzamos dos zonas horarias más. La luz del sol con el gris de las nubes hacen un juego de tonos de colores muy lindo, vemos grandes granjas, luego otra vez tierra aparentemente virgen. Sorprendentemente, no nos aburrimos ni por un segundo, sino que nos sentimos cómodamente arrullados por el ruido constante de nuestro tren. Poco antes de Novosibirsk, donde la diferencia horaria con Moscú es entonces de más de 5 horas, preparamos nuestro equipaje para salir. Otro „Marins Park Hotel“ está reservado.

Encontrarlo no es un problema, está justo enfrente de la estación. Tiene una estrella más que el hotel hermano de Ekaterimburgo. ¿Qué es lo que nos pasa? Estamos un poco mareados después del largo viaje en tren, es un poco como cuando navegábamos.

Nuestra habitación está en el piso 18, nuestra cena está en la planta baja en el Beerman Grill, aunque ya está funcionando la Oktoberfest y se celebra con cerveza bávara. Pedimos pizza, costillas y cerveza rusa sólo por terquedad.

En la televisión de la habitación hay fútbol: Champions League. Manchester United contra Valencia, lo único que entendemos

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